El poder y los partidos políticos

Agencias de colocaciones en control de un puñado de familias o personas

El análisis de los partidos políticos en México pasa por una tesis indiscutible: han dejado ser entidades de interés público para convertirse en agencias de colocaciones en control de un puñado de familias o personas; se han distanciado de los gobernados y han desviado a tal grado su objetivo social que el poder y su mieles las protegen con un cerco de impunidad, generando un Estado represivo con petulancia fascista.     

La primera de estas tesis ha sido genialmente descrita por Lorenzo Meyer, quien sostiene que la forma en que los partidos realizan el reparto de candidaturas para los puestos de elección popular está pervertida al hacerse mediante favores, compadrazgos, lazos sanguíneos y un reducido círculo político y no en función de perfiles y capacidades, como debería ser.

Pero lo que mayormente llama la atención es la forma en que el poder es destilado por estos grupos políticos. John Kenneth Galbraith, en su libro, Anatomía del Poder, explica que dentro de las formas aceptadas por el cuerpo social de quienes llegan a un cargo público, es encubrirlo en su propósito, es decir, aparentar una cosa y buscar otra, tal como lo hace la clase política mexicana, que se escuda en el servicio público y su “amor”, al pueblo, cuando en el fondo tienen intenciones personales de enriquecimiento y poder.

La soberbia, producto de esta conducta tolerada, es hermana menor de la impunidad, que no tarda en aparecer bajo la figura del poder condigno, tercer nivel de la clasificación de Galbraith, que describe  la amenaza como vía para lograr tale fines. Cuando Max Weber definía el poder como la capacidad para influenciar a los demás, hablaba de amplias formas para llegar a ello y que ahora se nos muestran de manera cruda y llana. 

Se supone que en el Sistema de partidos, el poder debería revestir la forma condicionada, es decir, correspondería al convencimiento ser la única vía por la cual la democracia se tendría que gestionar y validar, mostrando proyectos, personalidades y sobre todo capacidades para gobernar. Los mejores ciudadanos deberían estar en los cargos públicos defendiendo los intereses comunes, pero envilecida la competencia electoral y sus instituciones, no puede menos que emerger los peores elementos, los más trepadores y oportunistas, que son los que teneos en la escala alta de la política.

Nuestra incipiente democracia nunca ha madurado en tal sentido. Vivimos la antesala del autoritarismo al amenazar los partidos, sobre todo aquellos que tienen el poder, en cancelar los apoyos de programas sociales a quienes rechacen apoyarlos, quitarles el trabajo a los burócratas que voten por otras opciones y en crear un miedo sistemático –generalmente inventado-, de los riesgos que implican otros candidatos y ofertas. 

Los partidos políticos, los viejos como el PRI y el PAN, fueron los pioneros, pero los nuevos y la chiquillada, aprendieron pronto que haciendo trampa y manipulando al electorado con castigos/recompensas, lograban lo que se proponían y más que temprano, se institucionalizó la marrullería que pronto logró consenso a tal grado que cerró filas de manera infranqueable que ni hoy la FEPADE  ha podido abrir.

Hoy vivimos el climax del cinismo partidista en que nadie puede contener los excesos de los políticos. Nuestro sistema se ha vacunado contra la crítica social y las presiones de la vox populi. Los escándalos de los gobernantes, que deberían terminar con castigos ejemplares y la condena generalizada, concluyen en nada por decir poco, ni siquiera se les investiga a los presuntos responsables y por el contrario, se les protege y se les premia. El mensajero es, en este ambiente bizarro, el sacrificado.

Un sistema electoral y judicial que es incapaz de sancionar e investigar a los infractores, es corresponsable de que la democracia siga en picada. Los partidos políticos han extendido sus tentáculos a todos los demás poderes para protegerse las espaldas. La veda electoral, en que no es un secreto que nadie se abstiene de hacer proselitismo, termina en cada elección, sólo con algunas quejas cuando todos, deliberadamente se entregaron al descarado mecanismo de la compra de conciencias.

Los partidos amenazan a su militancia, la mandan a golpear, la roban o secuestran y no estamos hablando de sus procesos internos, que son otra muestra de su barbarismo intrínseco, sino de la rapacidad en tiempos no electorales, ante lo que los opositores y la sociedad  pueden esperar lo peor.

Ahora nuestro sistema se protege aún más limitando el acceso a los candidatos independientes, que como en el caso de Hidalgo, pueden ser elegibles sólo después de 4 años de haberse separado de su anterior militancia partidista. Aunque los independientes no son garantía de nada, son una opción para la sociedad que está materialmente estrangulada por los partidos en calidad de rehén a manos de  sus propios políticos.

Cuentas claras: La historia siempre ha recordado a sus héroes, pero a los pasados. De los modernos no quiere saber nada, hasta que se convierten también en pasado, es decir, hayan muerto. Los modernos Zapata, Villa, Morelos e Hidalgo están en la cárcel, se llaman José Manuel Mireles, Nestora Salgado, los líderes de la Coordinadora de Maestros, el subcomandante Marcos y tantas personas que defienden con dignidad a su gente y que son puestos a nivel de delincuentes…, algún los poderosos también dijeron eso de los primeros. 

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