Mujer sin Dios

El feminismo parece tener sus enemigas principales en las féminas que no tocan a la Iglesia, aunque no sean creyentes

La Iglesia  –¡tenía que ser de nombre femenino!—es la primera gran discriminadora de la mujer.

No es de ahora. Es de siempre, desde los días de la Creación, si usted es creyente.

Dios mismo se pinta como misógino cuando corre a la pareja del pecado original del Edén del Paraíso.

La culpa cae sobre Eva porque Adán, como buen machista, la acusa de haberle dado del “fruto prohibido” que según los relatos bíblicos colgaba del árbol de la sabiduría. 

La tentación, según los textos antiguos y consignados también en los del Nuevo Testamento, nació en Eva.  Pobrecito Adán ¿no? 

Pero nomás por este arrojo de Eva, de tocar lo que el Creador les había prohibido tocar, la mujer merece el respeto de todos.

Gracias a ella la descendencia de la pareja ha podido caminar, por miles de años, por los terrenos de la sabiduría, los del  conocimiento.

Pedro mismo, en la prédica del Cristo, la emprende contra María Magdalena nomás por ser mujer. 

Le cuestiona a Jesús porqué le va acompañar una mujer como la “discípula consentida”.

El hombre que iba a morir en la cruz, simplemente le responde:

“No te preocupes, la voy a vestir de hombre”.  Es en esta simple frase cuando surge “Juan”, el “apóstol   consentido” con el que Pedro sostiene grandes desavenencias que consignan los textos de la Iglesia católica.

La Biblia misma ha tenido tantas versiones que confunde.

Sin embargo, en la Iglesia temprana la mujer tiene un rol igual al del hombre, tal como Jesús lo predicó y quería que fuera.

Ahora, en los tiempos actuales, no es igual que hace  2,000 años.

Ahora hay que consagrar el “Día Internacional de la Mujer” como para expresar que ella existe, que está aquí, en todas las sociedades.

En el pleno de la Cámara de Diputados, ayer martes, tronaron siete diputadas contra los esquemas segregacionistas de la mujer, no obstante que en tal colegio legislativo, casi la mitad de sus integrantes son mujeres. 

Todavía parecería que Pablo, el otro santo que disputó a Pedro el mando en la naciente iglesia tras la crucifixión de Jesucristo, sigue carteándose con los corintios para disminuir la sagrada potestad de la mujer.

El Vaticano rechaza que haya sacerdotisas. Que la mujer oficie los sagrados ritos. El hombre, para el “revolucionario” papa Francisco, es el hombre, el único con capacidad para rendirle culto a Jehová. 

En Estados Unidos la iglesia mormona, una secta de la católica, excomulgó a quienes pedían la ordenación de mujeres (24 junio 2014).

No obstante, más recientemente (17 noviembre 2014), en Inglaterra  la iglesia anglicana, tras 2,000 años se abrió para que las mujeres sean obispas. 

Esto, obvio, no figuró en el discurso de las diputadas. ¿Cómo? El estado laico, que sepamos, no prohíbe que tal cuestión sea considerada como un triunfo de la mujer.

El feminismo parece tener sus enemigas principales en las féminas que no tocan a la Iglesia, aunque no sean creyentes. El diablo las ha de dominar ¿no?

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