México país de violencia

México no es Siria. Está tan lejos de nuestro país que no podemos imaginar que podríamos parecernos a quienes habitan esa nación

México no es Siria. Está tan lejos de nuestro país que no podemos imaginar que podríamos parecernos a quienes habitan esa nación. México no está en guerra, dicen, sin embargo, las cosas que soñamos están lejos de alcanzar, tan lejos como Siria, tan lejos como la paz y la tranquilidad. 

El 6 de septiembre de 2015, la noticia le dio la vuelta al mundo. Aylan Kurdi, de tres años fue encontrado ahogado en una playa de Turquía. El pequeño y su familia vivían en Kobane, al norte de Siria y junto con otros integrantes de su familia, entre ellos su madre y otro hermano, buscaban un lugar de paz para vivir, pero la embarcación en la que habían zarpado desde la península turca de Bodrum hacía la isla griega de Kos, naufragó.

En México esa es una tragedia que se repite de manera cotidiana. En Pinotepa Nacional, Oaxaca, un bebé de siete meses fue asesinado junto con su papá y su mamá, apenas hace una semana. Se trataba de una pareja muy joven.

Al igual que el niño ahogado en Turquía, la fotografía del pequeño de siete meses, en la costa de Oaxaca, nos revelan la crueldad de las guerras, donde las víctimas podemos ser todos y todas, lo que no deja fuera a las y los niños. Imagen que ya antes habíamos visto en Guerrero, en Michoacán, en Chihuahua, en Veracruz…

México y Siria son dos países que no tienen comparación entre ellos, lo único que hay en común entre ambas naciones son los seres que los habitan, sus culturas son abismales. Uno en guerra y otro sin una guerra declarada tienen cifras aterradoras.

En Siria, que no es México, la guerra civil ha dejado 220 mil muertos, entre 2011 y 2015. En México, que no es Siria, 164 mil personas son víctimas mortales de la guerra contra eso que llaman “crimen organizado”, según datos que el INEGI dio a conocer en agosto pasado, en el lapso entre 2007 y 2014. A la fecha la cifra se ha incrementado.

Tanto en Siria como en México la violencia tiene las mismas víctimas: la población civil. Pero en México, esa población civil está cercada por los cordones de delincuentes, por la corrupción de autoridades y la falta de justicia, la justicia que ahora sí, está bien ciega, además de sorda.

Eso es en realidad lo que se llama el crimen organizado, cuyo funcionamiento depende de operadores políticos y de alguna burocracia de altos niveles, de otra manera no se puede explicar el mar de impunidad en el que vivimos.

En el periodo que refiere INEGI, hemos visto extenderse la violencia de entidad en entidad y, como sucede con la violencia machista contra las mujeres, en muchas personas se volvió parte de la vida cotidiana, una repetición rutinaria, unos por sufrirla y otros por observala. Un riesgo para toda organización social, sin duda, es aceptar la violencia como parte de la vida cotidiana, como si se tratara de algo ineludible, aunque creemos firmemente que esa violencia nunca será cometida en nuestra contra.

La iglesia católica plantea que los seres humanos hemos olvidado que somos hermanos y hermanas. En civismo esa condición se traduce en ciudadanía, con los mismos derechos (¿?) y las mismas obligaciones (¿?), se dice reiteradamente y de manera demagógica, porque ni tenemos los mismos derechos ni mucho menos las mismas condiciones y eso nos da como resultado la desigualdad que permea, que atraviesa, que lacera y que en mayor o menor medida es el acicate de la violencia, un mecanismo sin justificación. 

En México, la ciudadanía, está pagando con creces el crecimiento acelerado de una multiplicidad de formas de violencia; el narcotráfico un monstruo de mil cabezas y tentáculos, cerebros y operadores, que tienen estrecha relación con la trata de personas, con fines sexuales como sucede a las mujeres y niñas; para laborar en campos de cultivo o en laboratorios clandestinos, cuyas víctimas son hombres jóvenes.

Y hasta el “pago de piso”, la extorsión, el secuestro. Miles de víctimas mortales, miles de huérfanos, familias desechas, vidas terminadas. Del lado contrario, en la banqueta de enfrente, una ciudadanía expectante y autoridades pasivas, permisivas, coludidas, dándole vuelta tras vuelta al fango de la impunidad.

No hay fórmula secreta para hacer frente a los delincuentes, como tampoco la hay para detener la violencia machista contra las mujeres, cierto, lo que sí tenemos es un aparato de investigación y otro de justicia que tendrían que hacer su trabajo, darle resultados a la población, que cada vez está más insegura y sin posibilidades de defender su vida, su patrimonio o su libertad.

Bajo esa condición de país que no es Siria, que no está en guerra, cada vez son más las familias a las que esa delincuencia, permitida, consentida, con licencia otorgada por las autoridades omisas, nos tocan las puertas de nuestras casas y nos destruyen moralmente porque simplemente no se entiende cómo, por qué y quién lo permite.

No se puede hablar de seguridad en un país de desiguales.

En México la violencia social, la violencia electoral, la violencia del narcotráfico resultan la misma cosa, todas esas formas de violencia tienen al país en vilo y las víctimas somos cada día más.

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