La amnistía del Río Bravo

La amnistía del Río Bravo

Con Ronald Reagan elegido presidente en 1980, la política externa cambiaría a favor de los migrantes

Por: Leonardo Miguel Chavarría Villalba

Vanguardia Digital

Arturo se congela, pero debe comer. Son las tres de la mañana en una madrugada desconocida que protagoniza un frío brusco. Es 1986. Su nariz debe estar roja del frío. No importa si es verano o primavera, el río siempre esta frío. Arturo trabaja con comida, con cultivos de cebolla, a veces de melón. Sí importa, porque la tierra depende del verano o de la primavera —o invierno—. El maldito frío.

El Río Bravo —o Grande— divide la tierra que millones de mexicanos atravesaron durante años para trabajar el campo de alguien más. Arturo Gutiérrez es otro hombre más, nacido en Delicias, Chihuahua, que cruza cada madrugada un cause marrón: esa frontera líquida; agua turbia.

Ese frío viene de la frontera, en el municipio de Ojinaga, Chihuahua, con Presidio, Texas. De este lado se cultiva maíz, pero no da lo suficiente. No es el hambre lo que mueve a Arturo Gutiérrez, es la emoción de tocar la tierra. La cebolla y el melón no tienen bandera para un indocumentado.

Ya está amaneciendo: Arturo corta las raíces de todas las cebollas de campo. Deben ser las 7 de la mañana —creo, no sé— cuando dos faros de luz se aproximan a él.

—¡Es la perrera!

Arturo y su hermano Ramiro se tumban contra el suelo. La perrera —la patrulla fronteriza— los devolverá en plena hora laboral a México si los descubren. Dólares perdidos en horas extensas.

—“¡Esperen, esperen! Queremos ayudarlos” me dijeron los guachos.

Arturo no confía en ellos, tiene miedo de ser deportado junto con su hermano a Ojinaga, donde viven su esposa y sus tres hijos. Si los regresan a la frontera, tienen la oportunidad de cruzar mañana en la madrugada, pero de todas formas no quiere desperdiciar hoy las horas de trabajo.

Desde el suelo, Arturo se esconde de la perrera: las plantas del campo cubren todo su cuerpo. Una patrulla cruza los cultivos a centímetros de él, casi a punto de arrollarlo. De pronto, nota que varios de sus compañeros se acercan, poco a poco, a los guachos.

La patrulla fronteriza les dio esa mañana una noticia, la oportunidad: podrían naturalizarse como ciudadanos estadounidenses si demostraban que han estado trabajando en tierra americana con sus respectivos patrones.

Oscar Spencer es el propietario del campo en donde ha trabajado Arturo Gutiérrez desde 1980; de 100 indocumentados (aproximadamente) que trabajaban la cebolla, solo seis tuvieron el aval de Spencer para poder obtener la ciudadanía.

En 1986 el Congreso de Estados Unidos, liderado por Tip O’Neil, había aprobado una reforma migratoria que ayudaría a tres millones de indocumentados volverse ciudadanos de EEUU. Era la Guerra Fría y ya habían sucedido las confrontaciones en Vietnam. Con Ronald Reagan elegido presidente en 1980, la política externa cambiaría a favor de los migrantes.

Según José Luis Sierra, reportero que cubrió la amnistía en el 86, la reforma migratoria de aquel entonces fue una “medida preventiva para evitar que el descontento social de Centroamérica se extendiera a México y desatara, ya no una diáspora, sino un verdadero éxodo”.

Arturo Gutiérrez siguió trabajando los cultivos de cebolla y melón, después se dedicaría por 18 años a recoger tomates —de una empresa cuyo nombre él mismo nunca conoció— en Marfa, Texas, donde actualmente vive con su esposa. Toda su familia se trasladó a mediados de los 90 a EEUU.

Dice que no extraña Delicias ni Ojinaga, que prefiere vivir en EEUU. Dice que el campo siempre le divirtió: tocar la tierra con sus manos lo emociona. Ahora es viejo y renunció al cultivo para dedicarse a los animales: trabaja en el rancho gigantesco de la nonagenaria señora McGuire con sus vacas y becerros.

Esta mañana Arturo Gutiérrez no se levantó a las tres de la mañana para cruzar el Río Bravo, tampoco cortó la raíz de una cebolla, ni recogió melón, ni siquiera recolectó cientos de tomates. Hoy, Arturo alimentó a Daisy, su becerra favorita.

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