Fanáticos del chauvinismo

Los seres humanos hemos crecido en sociedades patriarcales, y teniendo como fuente de aprendizaje el clasismo, la discriminación, la misoginia…

Más allá de una identidad propia, los seres humanos hemos crecido en sociedades patriarcales, y teniendo como fuente de aprendizaje el clasismo, la discriminación, la misoginia y el colonialismo que,  a lo largo de nuestra vida vemos también como parte de nuestra cultura y está enraizado en lo más profundo de nuestros patrones de crianza.  Mismos que  traspasamos de generación en generación, sin la menor intención de modificar y erradicar por el bien de nuestra humanidad.

Respecto a esto último nos convertimos entonces en fanáticos de un nacionalismo paranoico y egocéntrico que nos condena a glorificar banderas y fronteras que nos fueron impuestas, y a afirmar con insolencia que nuestro país de origen es lo mejor en todo. Por lo tanto nosotros por haber nacido en él levitamos en órbitas propias de la presunción. 

Y celebramos colores, y cantamos himnos de los cuales no sabemos siguiera el significado de la primera estrofa. Los cantamos porque nos los enseñaron en la escuela, porque nos dijeron que son parte de nuestra identidad colectiva y nacionalidad.  Y aflora nuestro egoísmo patrio, y nuestro fanatismo perturbador que a través de la historia ha hecho retumbar ríos de sangre.  

Para comprender lo  perjudicial  de ese chauvinismo no tenemos que estudiar filosofía, ni geopolítica y  mucho menos doctorados en ciencias sociales. Tan solo necesitamos recurrir a nuestro sentido común. Del chauvinismo entiende mejor un nativo de un pueblo inhóspito que no ha tenido acceso a la  “civilización” que un letrado. Porque el letrado es cautivo del modelo de educación impuesto por políticos y oligarquías mundiales que manejan el poder del capital. Estamos muy lejos de alcanzar como humanidad la premisa de José Martí: “Ser cultos es la única forma de ser libres”. La educación formal es uno de los mejores recursos para la manipulación de las masas, mientras esté en manos del capital. Mientras las rebeliones sigan dormidas. Mientras que esos eruditos no se pronuncien e impulsen la insurrección para la liberación de sus pueblos. 

De ese nacionalismo estúpido deriva nuestra apasionada defensa de una nación  que nunca existió, que no existe y que no existirá, porque la patria deber es el mundo. La patria es la tierra. Porque como lo dijo claramente Cristina Fernández: “La patria es el otro”. Y ese otro no importa en qué país haya nacido, qué idioma hable, de que  color sea su piel,  se trata de humanidad. De lo que hemos perdido. Se trata de recuperar la sensibilidad. 

Y aquí no caben fanatismos, lo que sí cabe es el amor, la integridad, la conciencia, la lucha incansable por la liberación de los pueblos. Por la defensa del ecosistema. La defensa de la dignidad humana. ¿Necesitamos patria? Pues nuestra  patria debería ser  la intemperie donde vive el indigente. No deberíamos irnos  tranquilos a dormir mientras alguien duerma en la calle. La patria  debería ser el  abrazo hermano, la mirada que cura, la palabra que se respeta. La comida compartida. Nuestra patria debería ser la equidad y la igualdad de derechos para todos. Nuestra nación debería ser  nuestro pensamiento convertido en acción consecuente, humanizada. 

Para alcanzar lo excelso de  lo que debería ser la patria tendríamos que liberarnos de clasismos, de xenofobias y  erradicar esa cultura colonizada. Y tendríamos que sentirnos seres sin  banderas y derribar  las fronteras. Hermanarnos. Nuestra única patria tendría que ser  la justicia social. La equidad. Nuestra única bandera tendrían que ser (si en caso necesitamos una)   las sonrisas de las crías.  U nuestro único himno el del canto de las aves y el retumbar de los ríos. 

Mientras sigamos de narcisistas (en todos los sentidos) enardecidos en ese fanatismo del nacionalismo, sin convicciones propias de un camino hacia la liberación de los pueblos, seguiremos siendo esclavos de nuestros miedos, de nuestra mediocridad, de nuestra hipocresía, de nuestra sangre de horchata. De nuestra palabra mancillada. De nuestro clasismo y xenofobia. Seguiremos alabando banderas y defendiendo fronteras para el bien de las grandes corporaciones mundiales.  Mientras sigamos siendo esclavos de nuestra indiferencia y sigamos irrespetando nuestra consistencia humana, seguiremos lisonjeando nacionalismos estúpidos que solo nos llevan a la destrucción de la humanidad. 

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